31 de enero de 2008

Un caracol sobre el espejo

Por fin me he decidido a dar a la luz pública mis novelas. Vayan delante unos bocados de la primera de ellas, Un caracol sobre el espejo, escrita hace muchos años:

Octavio era homosexual y complicado; o, era homosexual, y por eso complicado; o porque era complicado se había hecho homosexual. Y su gran dolor era tener que ganarse la vida vendiendo frutas en el mercado de abastos. Él hubiera deseado ser alguien grande, algún ser excepcional que pudiera exhibir libremente sus tendencias sin miedo alguno; pero si hubiera dicho en el mercado cómo era le habrían llamado 'verdulera', y eso no le gustaba nada.

(...)


─Soy homosexual ─y parecía como si deletreara la palabra, saboreando uno a uno los sonidos antes de engullirlos y colocarlos en cada porción de su ser. En ese instante pasó de ser un homosexual amargado y reprimido a ser una persona homosexual. La realidad había sido hecha con una voz.

(...)

El brazo se le había dormido bajo la cabeza, y cambió de postura; la sinfonía ha entrado en un pasaje lírico. La torre de Pisa, el campanario doblado lo parece más que en las fotografías, y no quiso subir, pues tiene vértigo, además, a su lado pasa un chico totalmente desnudo, y piensa que está muy bueno mientras alarga la mano para acariciarle el culo suave y sonrosado, sin miedo porque nadie les ve, aunque están en medio del prado verde interminable donde aquel italiano alto, moreno, de ojos verdes, atlético se agacha para desabrocharle el pantalón y besarle en la entrepierna y donde la torre, que durante muchos siglos había ido inclinándose unos dos dedos al año, empieza a desplomarse, pero no puede porque de debajo suyo sale un gusano de colores que crece y crece y sube en espiral y que al llegar arriba estalla y la fuerza de su explosión pone vertical la torre y la gente se va, lo cual es bueno porque el italiano le desnuda totalmente y comienza a follarle con una violencia que a él le encanta y jadea como una bestia por el dolor y el placer, y entre sus jadeos oye que alguien le llama a lo lejos, pero no hace ningún caso porque él sólo desea que el italiano le meta su miembro enorme más adentro, más, hasta que le salga por la boca, mientras le agarra el suyo y por la fuerza con que lo hace parece que se lo vaya a reventar, pero a él no le importa, y se agarra brutalmente a la espalda inmensa del italiano clavándole la uñas, y éste le abofetea mientras entra y sale de él, y ambos están bañados en sudor y lluvia roja. En ese momento oyó Jorge claramente la voz de María Belén.

(...)

Para Jorge, sin embargo, había comenzado su tortura. Más que Octavio, él sí tendría motivos para arrepentirse de haber dicho aquello, pues desde aquel instante toda su vida había de ser desdichada, salvo en el momento en que, asfixiado de amor, moriría ahogado en su propia sangre. Estaba terriblemente asustado y confundido. Ahora no podía creer que hubiera sido capaz de hacer lo que había hecho, y una angustia incontrolada le recorrió la espalda, devastando todo el aplomo que pudiera haber reunido tras años de pasión acallada por la promesa de nunca revelarla.

(...)

Llegaron a la casa y se abrazaron. A Octavio le sostenía la inefable sensación de la llegada de algo nuevo y añorado. A Jorge, la imposible premonición de su desdicha.

(...)

Ligar...
Ah, ligar... Dice de esta palabra la Academia que es '11. fig. y fam. Entablar relaciones amorosas pasajeras'.
Hay gente que respira y liga, que toma una copa y liga, que se sienta y liga. Pero esto debe ser un arte porque, la verdad, no parece tan fácil cuando se intenta por primera vez.


(...)

Pero a menudo se decía el padre Paco que la fe de las cosas importantes no podía ser tocada por duda alguna porque esa fe, data gratis a Deo, no es accesible más que a los místicos, luego las dudas sólo pueden alcanzar a una parte de la fe, añadida por la historia y las circunstancias, y que apenas tiene importancia (valor sí, como todo lo que tiene que ver con la tradición): dudar es sano porque limpia y purifica la verdadera fe, más honda que la fe profunda...

(...)

─¿Qué?. ¿Te gusta la vista? ─preguntó Carlos echando el cuerpo hacia delante, y empujando a Pablo hacia atrás. Nacho sólo pudo contestar bizqueando los ojos y mordién¬dose el labio inferior. Los otros volvieron a estallar en divertidas risotadas.
─En cuanto venga aquí te lo presento ─propuso Félix.
─Por favor... ─gimió apenas Nacho.
─Tranquilo, tío, que nos lo tendremos que sortear ─le dijo Pablo, pellizcándole en el hombro.
─Ya se verá. Si Félix me lo regala...
─Todo tuyo. Yo no puedo hacer nada con él.
─Claro... ─dijo Marcelo con ironía.
─¡Que es mi primo!.
─¿Y...? ─contestó Marcelo.
─Tío, eres un degenerado ─le respondió a su vez propinándole un empujón en el brazo.


(...)

Las costumbres, entes abstractos que se hacen entrañables cuando volvemos la mirada atrás y los vemos acompañándonos a lo largo de nuestras vidas, nos llevan a repetir unas acciones y unas pautas con las que nos sentimos ilusoriamente seguros y que pueden llegar a disimular el abismal vacío de la existencia. María Belén tejía empujada por una soledad que apenas sobrellevaba con dificultad, mayor desde que Jorge se marchó a vivir a casa de Octavio, pero real desde el día mismo en que nació


(...)


... Conducía a una velocidad vertiginosa, pero no tenía miedo. Condujo durante no sabía cuánto tiempo, viendo pasar la figura señorial de altísimos árboles cubiertos de hojas encarnadas. Al cabo del tiempo, se dio cuenta de que, con cierta frecuencia, se abrían salidas en la cerca metálica, de las que partían unos caminitos estrechos al final de los cuales, entre la espesa vegetación que los lindaba, se veía el borde de un acantilado y la claridad difusa de una mar. Jorge redujo las marchas y tomó la próxima salida. Condujo despacio hasta el borde del precipicio y paró el motor. Salió del coche, se sentó en el capó y se puso a contemplar el rompiente de aquel mar interminable, con la brisa dándole en la cara.

Octavio se dio la vuelta y colocó su brazo sobre la cadera de Jorge, que ya sólo podía verle desde el otro lado de la muerte.


(...)

Después de salir de casa de María Belén, Octavio se fue andando hacia la suya. La ciudad estaba triste, y él dobló una esquina, entrando en una calle ancha y fea. Al pasar frente al escaparate de una tienda, Octavio se acordó de aquella mañana remota, en la que le despertaron las caricias de un rubio precioso cuyo nombre sólo recordaría unas horas después, frente al mismo escaparate de la boutique Loren.



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4 comentarios:

Falsarius Chef dijo...

Gracias por el link a mi blog, Okkar. A la vista del tuyo sólo puedo decirte que si tienes pocas visitas como dicen, ellos se lo pierden, porque me parece estupendo. Suerte. Un saludo, Falsarius.

PD: Espero impaciente esa novela en pdf.

Óscar Navarro dijo...

Muchas gracias por tus palabras. Esto da ánimos. Un saludo.

Anónimo dijo...

Hola Óscar, soy Jose. Me alegro mucho que hayas decidido hacer públicas esa joyas que tienes por ahí y que algunas me permitiste disfrutar. Te animo a que no sólo sigas potenciando ese talento, si no que, además, lo muestres.
Un beso, Óscar.
Por cierto, FELIZ COMPLEAÑOS!!!!!!!

Fdo.: Jose.

Anónimo dijo...

Vaya.... no soy el primero.... Aún así, FELICIDADES y bueno, que me parece genial que hagas públicas tus obras. Por cierto, disfruta el día mientras yo me revuelco entre las mantas (mierda de gripe...)